TRANSPORTANDO EMOCIONES

 Sabemos que los constructores de autos crean vehículos para cubrir ciertas necesidades, unas ya definidas por los compradores y otras más que son creadas por ellos mismos.

En esta labor, ellos van en concordancia con las diversas legislaciones establecidas en los mercados a los que se dirigen los autos. Los avances tecnológicos que vemos crean más necesidades, incluidas las revisiones periódicas que son requeridas para mantener un cierto número de factores dentro de estándares de seguridad, limpieza del medio ambiente, etc. Es así como se establece una especie de relación interactiva entre el desarrollo tecnológico y las legislaciones, así como con los compradores, con el mercado.

Este mercado pide y el constructor reacciona. Luego el constructor propone y el mercado reacciona y así queda establecida la relación de oferta y demanda, de la cual surge un precio. Este es pues el marco teórico del mercado, donde el precio es algo muy concreto, claramente objetivo, pero las “razones” que cualquiera de nosotros tenemos para aceptar el precio, no siempre son objetivas, también hay “razones” subjetivas, que están incluidas en el precio.

Estas últimas muchas veces giran en torno a una identificación que puede surgir dentro de nosotros hacia el vehículo. Esta identificación que bien conocen los constructores, son las que llevan a definir lo que se conoce ampliamente como la personalidad del auto.

De ahí que veamos anuncios donde nos ofrecen encontrar cualidades de los autos, tal como que son: briosos, veloces, poderosos, seguros, majestuosos, lujosos, elegantes, económicos, limpios, etc., cuya cualidad es reflejada principalmente (ahí estaría la identificación)  en la línea de la carrocería y por supuesto, también en el color. Luego un poco más y al interior observamos otras más, como confort, tecnología, elegancia, etc.

Queda un poco más evidente que el precio que se fija está definido por nuestras identificaciones subjetivas. Si, así de claro, pagamos por nuestras identificaciones (subjetivas) con un precio (muy objetivo).

De este escenario podemos dar el salto a intentar entender la o las razones por las cuales una persona toma un carro más bien viejo o uno de los llamados antiguos y decide repararlo y “arreglarlo” o supervisar estrechamente su reparación.

Sus razones: son subjetivas evidentemente y pueden corresponder a identificación con el modelo, con las cualidades originales o con el deseo de incrementar o mejorar esas cualidades originales.

Al trabajar sobre el vehículo, trabaja también sobre lo que éste significa para él. Y en esto radica la diferencia. Ya no Paga el precio subjetivo de la identificación (adquiriendo un vehículo nuevo), ahora solo pago el costo, que viene siendo algo muy diferente, gracias al trabajo. En el involucramiento en la reparación da un brinco: No solo se identifica, vive esa identificación y la hace suya, parte de él.

De ahí que quien se “mete” a arreglar un carro con ese propósito y no como su fuente de ingresos, le será muy difícil deshacerse de ese vehículo, esto es: subjetivamente se tendría qué desprender de algo de él mismo. Por eso, para poder hacerlo, se identifica con otro vehículo para repararlo y de esta forma, empieza otro ciclo que lo vuelve a llenar internamente. De esto deviene la autorrealización. Entonces sí, ya no se desprende de algo de él mismo, él da algo de sí mismo. Gran diferencia. En eso consiste el desapego.

Psic. Antonio Magaña G.